Los Niños de Anna:

la importancia del cariño para la supervivencia

Tras la Segunda Guerra Mundial, miles de bebés morían en los hospicios de todo el mundo a causa de una patología denominada marasmo; sobre todo a partir de los 9 meses y niños menores de 2 años. La enfermedad también se conocía como debilidad o atrofia infantil.

Bebés que aparentemente estaban en buen estado de salud, entraban en un estado de decaimiento y desánimo: dejaban de mantener el contacto visual, de alimentarse, dejaban de comunicarse… hasta que inevitablemente morían.

El Dr. Chapin (Henry Dwight Chapin), pediatra neoyorkino, llevó a cabo una investigación en la que concluyó que, sorprendentemente y sin causa aparente, casi el cien por cien de los niños menores de 2 años fallecían, pese a tener todas las necesidades básicas cubiertas. Por ello introdujo la práctica de alojar a los pequeños con en hogares de familias de acogida , en lugar de que permanecieran en aquellos hospicios, bien atendidos pero avocados a una muerte casi segura.

Otro médico, el  Dr. J. M. Knox, realizó otro estudio en el que observó que de 200 niños huérfanos, acogidos en diferentes instituciones, casi el 90 % falleció a lo largo de un año. El 10 % superviviente, consiguió sobrevivir porque salía de las instituciones durante breves períodos bajo la tutela de padres adoptivos o parientes, según él mismo concluyó tras el seguimiento.

Pero fue el Dr. Fritz Talbot quien observó en sus visitas a Düsseldorf (Alemania) que una anciana cargaba con un bebé a sus espaldas, y al preguntarle al director del centro éste contestó:

«Es la vieja Anna. Cuando hemos hecho todo lo médicamente posible por un bebé y sigue sin mejorar, recurrimos a la vieja Anna, que nunca falla».

Según mi experiencia, cuanto más temprana es la edad, mayor es la indeseabilidad de manejar niños en masa. Si bien a menudo es difícil obtener cifras exactas, hay una gran mortalidad y morbilidad en la mayoría de las instituciones que atienden a bebés. Es en una fecha relativamente reciente cuando se ha intentado realizar una investigación inteligente acerca de este problema.

Henry Dwight Chapin

Médico- Pediatra, autor del estudio "Familia Vs Instituciones", Encuesta 55 (15 de enero de 1926): 485-488.

Se nos dice que la voluntad de vivir se despierta en cada bebé por el deseo irresistible de su madre de jugar con él, el valor fisiológico de la alegría de que un niño nazca, y que la alta tasa de mortalidad en las instituciones aumenta por los bebés descontentos que uno persuade a vivir.

Jane Addams

Por aquel entonces, las pautas y recomendaciones a seguir eran los dogmas establecidos por el Dr. Luther Emmett Holt, autoridad suprema en los cuidados de los neonatos tras la publicación de su ensayo «La esencia y la alimentación de los niños» (The Core and Feeding of Children) en 1894, que seguía siendo un referente en 1935.

En este texto, el Dr. Holt recomendaba la abolición de la cuna mecedora, no tomar en brazos a los bebés, ni siquiera cuando éstos lloraran, alimentarlo a horas establecidas y no establecer demasiado contacto visual con ellos. Se extendió la idea de que aplicar cuidados tiernos sería poco científico.

Aunque ésto no sucedió en todos los lugares, ya que como hemos visto, en Düsseldorf la forma de actuar era radicalmente diferente. Tras reconocer este tipo de beneficios del contacto con los bebés, a finales de la década de 1920, varios hospitales pediátricos empezaron a introducir un régimen regular de cuidados maternales en sus pabellones: tomar en brazos a los bebés, acariciarlos, amamantarlos siempre que fuese posible, hablarles, mirarles a los ojos, sonreirles…  La mortalidad descendió del 35% en hospitales como el de Hospital Bellevue  (Nueva York) a menos del 10% en 1938.

Por tanto, entendiendo que los bebés conocen el mundo a través del tacto y de las percepciones sensoriales, es un hecho hoy en día el realizar el tacto piel con piel con el recién nacido, ya sea con su madre, su padre o cualquier persona del entorno, nada más nacer. No sólo por el vínculo que se crea, sino porque los estudios posteriores también han recalcado la importancia de este contacto con los bebés para su correcto desarrollo cerebral.

 

 

Aunque todo esto es algo de lo que la vieja Anna ya se había dado cuenta…

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